De la gloria celestial al infierno en un solo día de negociación. Recientemente, el mercado de metales preciosos ha experimentado una caída de precios impactante: la plata, que alcanzó entre 117 y 120 dólares por onza, cayó directamente a 109 dólares por onza; el oro, desde su máximo histórico por encima de 5300 dólares, se desplomó más de 500 dólares, con una caída diaria superior al 5%. Esta fuerte volatilidad del mercado vuelve a poner al descubierto una fría realidad: quiénes realmente han obtenido beneficios en esta fiesta de los metales preciosos y quiénes están pagando por esta subida casi de ensueño.
De paraíso de refugio a burbuja estallada
El aumento en los metales preciosos se debe, en esencia, a la liberación del sentimiento de refugio global. Riesgos geopolíticos, expectativas de recesión económica, preocupaciones por la devaluación de la moneda—estos factores impulsan a los inversores comunes a acudir en masa a los mercados de oro y plata, esperando protegerse contra la inflación y la pérdida de valor de los activos mediante activos tangibles. Sin embargo, la racionalidad del mercado tiene un límite. Cuando la prima de refugio ya está plenamente descontada, cuando los aspectos técnicos alcanzan zonas de sobrecompra, y cuando las grandes instituciones comienzan a reducir posiciones silenciosamente, el camino ascendente que parecía imparable se convierte en un campo de batalla mortal.
Esto no es casualidad, es una ley.
El juego eterno de los grandes jugadores y los inversores minoristas
La realidad siempre es dura: las grandes instituciones de Wall Street no compran en máximos históricos, y la absorción de liquidez por parte de los bancos centrales ya se ha realizado en las fases bajas. Entonces, ¿quién asume la caída de más de 500 dólares? Son los inversores minoristas, que con sus ahorros arduamente ganados, impulsados por la ansiedad de refugio, y viendo historias de inversión en redes sociales, temen perder la oportunidad de enriquecerse y siguen ciegamente la tendencia. Son aquellos que pretendían usar los metales preciosos para combatir la inflación, pero terminan siendo los últimos en comprar, los “receptores” de las pérdidas.
Detrás de cada locura del mercado, hay una lucha de riqueza entre participantes. Las instituciones, con ventajas informativas y grandes volúmenes de capital, construyen posiciones en los bajos, elevan los precios en la mitad del camino y venden en la cima—y sus beneficios provienen de los inversores minoristas que compran en los máximos. Los pequeños ahorradores con decenas o cientos de miles de dólares en pensiones y sueños, suelen ser los últimos en la fila, recibiendo las ganancias de las instituciones.
Lecciones del pasado, riesgos que nunca pasan de moda
No es la primera vez, y nunca será la última. Cada locura tiene sus razones—el mercado inmobiliario de 2008, las criptomonedas de 2017, las materias primas de 2021… La única lección que la humanidad ha aprendido es que nunca aprende de la lección anterior. Las lágrimas y el sudor de los minoristas han marcado cada pico del mercado, y esta caída rápida de los metales preciosos sigue esa misma antigua ley.
Los inversores que han puesto en riesgo sus ahorros de jubilación, fondos para la educación de sus hijos, o incluso dinero prestado con apalancamiento, enfrentan ahora una realidad: ¿seguir resistiendo o cortar pérdidas a tiempo? Detrás de esa decisión, se pone a prueba la gestión del capital, la conciencia del riesgo y la avaricia.
Cuidado con las repeticiones del sentimiento de refugio
Aunque a corto plazo los metales preciosos enfrentan una presión de corrección, el verdadero riesgo radica en que muchos inversores minoristas carecen de comprensión sobre los ciclos del mercado, de disciplina para detener pérdidas y de conceptos sólidos de gestión de fondos. Es posible que sigan comprando en caída (“cuanto más baja, mejor”), hasta que el dinero se agote y tengan que vender a la fuerza; o que se dejen tentar por las rebotes y sigan comprando en máximos, atrapados en una mayor caída.
Los inversores realmente inteligentes deberían aprender a reevaluar su asignación en estos mercados turbulentos: ¿qué porcentaje de su portafolio debería estar en metales preciosos? ¿Cómo deben distribuirse los activos de refugio? ¿Cuándo entrar y cuándo salir? La respuesta a estas preguntas nunca debe basarse en las emociones del mercado a corto plazo, sino en una evaluación clara del riesgo.
Los que siguen aferrados a los metales preciosos, o apuestan a una próxima subida, o soportan las pérdidas por no tener disciplina para cortar, solo están jugando con su dinero. El mercado recompensa solo a quienes están preparados, tienen disciplina y visión a largo plazo.
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La caída rápida de los metales preciosos pone a prueba la confianza, los minoristas que tienen sus ahorros en sangre y sudor deben despertar
De la gloria celestial al infierno en un solo día de negociación. Recientemente, el mercado de metales preciosos ha experimentado una caída de precios impactante: la plata, que alcanzó entre 117 y 120 dólares por onza, cayó directamente a 109 dólares por onza; el oro, desde su máximo histórico por encima de 5300 dólares, se desplomó más de 500 dólares, con una caída diaria superior al 5%. Esta fuerte volatilidad del mercado vuelve a poner al descubierto una fría realidad: quiénes realmente han obtenido beneficios en esta fiesta de los metales preciosos y quiénes están pagando por esta subida casi de ensueño.
De paraíso de refugio a burbuja estallada
El aumento en los metales preciosos se debe, en esencia, a la liberación del sentimiento de refugio global. Riesgos geopolíticos, expectativas de recesión económica, preocupaciones por la devaluación de la moneda—estos factores impulsan a los inversores comunes a acudir en masa a los mercados de oro y plata, esperando protegerse contra la inflación y la pérdida de valor de los activos mediante activos tangibles. Sin embargo, la racionalidad del mercado tiene un límite. Cuando la prima de refugio ya está plenamente descontada, cuando los aspectos técnicos alcanzan zonas de sobrecompra, y cuando las grandes instituciones comienzan a reducir posiciones silenciosamente, el camino ascendente que parecía imparable se convierte en un campo de batalla mortal.
Esto no es casualidad, es una ley.
El juego eterno de los grandes jugadores y los inversores minoristas
La realidad siempre es dura: las grandes instituciones de Wall Street no compran en máximos históricos, y la absorción de liquidez por parte de los bancos centrales ya se ha realizado en las fases bajas. Entonces, ¿quién asume la caída de más de 500 dólares? Son los inversores minoristas, que con sus ahorros arduamente ganados, impulsados por la ansiedad de refugio, y viendo historias de inversión en redes sociales, temen perder la oportunidad de enriquecerse y siguen ciegamente la tendencia. Son aquellos que pretendían usar los metales preciosos para combatir la inflación, pero terminan siendo los últimos en comprar, los “receptores” de las pérdidas.
Detrás de cada locura del mercado, hay una lucha de riqueza entre participantes. Las instituciones, con ventajas informativas y grandes volúmenes de capital, construyen posiciones en los bajos, elevan los precios en la mitad del camino y venden en la cima—y sus beneficios provienen de los inversores minoristas que compran en los máximos. Los pequeños ahorradores con decenas o cientos de miles de dólares en pensiones y sueños, suelen ser los últimos en la fila, recibiendo las ganancias de las instituciones.
Lecciones del pasado, riesgos que nunca pasan de moda
No es la primera vez, y nunca será la última. Cada locura tiene sus razones—el mercado inmobiliario de 2008, las criptomonedas de 2017, las materias primas de 2021… La única lección que la humanidad ha aprendido es que nunca aprende de la lección anterior. Las lágrimas y el sudor de los minoristas han marcado cada pico del mercado, y esta caída rápida de los metales preciosos sigue esa misma antigua ley.
Los inversores que han puesto en riesgo sus ahorros de jubilación, fondos para la educación de sus hijos, o incluso dinero prestado con apalancamiento, enfrentan ahora una realidad: ¿seguir resistiendo o cortar pérdidas a tiempo? Detrás de esa decisión, se pone a prueba la gestión del capital, la conciencia del riesgo y la avaricia.
Cuidado con las repeticiones del sentimiento de refugio
Aunque a corto plazo los metales preciosos enfrentan una presión de corrección, el verdadero riesgo radica en que muchos inversores minoristas carecen de comprensión sobre los ciclos del mercado, de disciplina para detener pérdidas y de conceptos sólidos de gestión de fondos. Es posible que sigan comprando en caída (“cuanto más baja, mejor”), hasta que el dinero se agote y tengan que vender a la fuerza; o que se dejen tentar por las rebotes y sigan comprando en máximos, atrapados en una mayor caída.
Los inversores realmente inteligentes deberían aprender a reevaluar su asignación en estos mercados turbulentos: ¿qué porcentaje de su portafolio debería estar en metales preciosos? ¿Cómo deben distribuirse los activos de refugio? ¿Cuándo entrar y cuándo salir? La respuesta a estas preguntas nunca debe basarse en las emociones del mercado a corto plazo, sino en una evaluación clara del riesgo.
Los que siguen aferrados a los metales preciosos, o apuestan a una próxima subida, o soportan las pérdidas por no tener disciplina para cortar, solo están jugando con su dinero. El mercado recompensa solo a quienes están preparados, tienen disciplina y visión a largo plazo.